miércoles, 13 de agosto de 2008

Batman. Joker. Caras. Caos.

En el momento que Christopher Nolan fue el elegido para revitalizar, cinematográficamente hablando, al héroe torturado por excelencia, no fueron pocas las voces escépticas al respecto; no obstante, sucesivos proyectos fueron paseándose por las oficinas de Warner desde que Joel Schumacher se empeñara en poner en relieve (el mismo relieve pezonil que el de los abigarrados trajes que lucían los protagonistas) el lado más gay del personaje. Cuando parecía que Darren Aronofsky era el escogido para crear algo realmente personal y con entidad con el Año Uno de Miller, apareció Nolan de entre la niebla de un remake, Insomnio, no del todo apreciado tras su consideración de director de culto tras Following y Memento. Si bien la jugada podría llevar a pensar que la productora buscaba el bombazo fácil y cierta continuidad con el espectáculo propuesto por los films anteriores, el casting escogido y las sucesivas noticias al respecto de la trama argumental auguraban, como mínimo, algo más elaborado que el blockbuster veraniego de turno.

Batman Begins irrumpió de manera tibia entre el público en cuanto volumen, pero ese público discreto se mostró entusiasmado ante ese personaje oscuro y perfectamente desarrollado que ofrecía la milimétrica obra de Nolan. Así como entre fans del personaje existían diversidad de opiniones, derivadas sobre todo por detalles superficiales, la percepción general fue de asistir ante una gran película, que respetaba y trascendía a su vez el género que le tocaba, y que contaba con una profesionalidad del todo inusual en la mayoría de revientataquillas. Aunque no resultara ningún exitazo, la semilla quedó plantada; el mercado secundario (DVD, televisión) se encargaría del resto. Mientras escribo estas líneas, The Dark Knight se sitúa como la segunda película más taquillera de la historia tras Titanic, aún faltando mercados como el europeo y el asiático. Las razones, quien suscribe así lo quiere pensar, pueden deberse al impacto derivado de la primera parte, pero sería incapaz de encontrar un detonante claro para tamaño bombazo. Sin embargo, debe existir algún punto en común del por qué la secuela de una película que obviaba con absoluta justicia la herencia de Tim Burton y Joel Schumacher, que se adentra en la parte más oscura y terrorífica de la psique del héroe y de toda una sociedad; en definitiva, por qué una rara avis tan acentuada en la historia del blockbuster hollywoodiense puede haber volteado de manera tan fugaz a tantísimas películas así creadas con ese fin.

Si existe una palabra para definir The Dark Knight, esa es caos. Personal, generalizado. Tan solo existe un personaje capaz de sobrellevarlo, que no pienso desvelar aquí, pero que se destapa como la gran ironía de la película. Cómo ese caos despierta los más bajos instintos de una sociedad enferma por el miedo resultante de Begins y, aunque no está nadie a salvo de él, cómo es capaz de beneficiar a quiénes saben ver la gran broma de esa misma sociedad. Tal y como indica chinocudeiro en la crítica de este mismo blog, el personaje principal es Gotham. Toda ella. Esa ciudad que parecía amoldarse a los movimientos de Michael Keaton en la saga de Burton, o en la que Schumacher demostró que la arquitectura carece de principios; esa misma ciudad que se ha visto relegada a puro escenario de las acciones del hombre murciélago, a manos de los Nolan se convierte en una representación desquiciada y a pequeña escala de todos los males -y virtudes- que asolan al mundo moderno... o quizás los males creados para el control de sus habitantes, algo de lo que ni el tridente formado por Dent-Gordon-Batman está a salvo. Tridente que representa el ello, yo y superyó freudiano, constituyendo un mismo personaje cuyas circunstancias ajenas les hacen terriblemente vulnerables.

Porque si por algo destaca The Dark Knight, es por realizar un tratado sobre el terrorismo que ya gustaría multitud de documentales tendenciosos. Sí, se lo digo a usted, Sr.Moore. Al igual que Ras Al Gul representaba el fascismo justificado con loables intenciones, El Joker es la esencia de todo lo que el terrorismo intenta conseguir. Pero aquí surge algo curioso. El fascismo en Batman Begins se apoyaba en una sociedad secreta, desconocida ante la población y cuyos objetivos se ven cumplidos entre las sombras. No existe el populismo necesario para que un sistema utópico-totalitario prolifere ante la inexistencia de una cara pública para conseguirlo: se trata de un grupo que busca a sus iguales en pos de una justicia, que, al fin y al cabo, no difiere de los objetivos de cualquier dictador. Bajo esa misma premisa, el terrorismo que representa El Joker resulta arbitrario, sin reeivindación alguna, cuyo único objetivo es desestabilizar el sistema simplemente por el placer de hacerlo. Es una jugada arriesgada pero perfectamente ejecutada en ambos casos: no sólo Nolan se adentra en temas espinosos en el marco que ofrece una adaptación de un superhéroe a la gran pantalla, si no que además le da la vuelta a los mismos y, con todo, consigue explotar la metáfora como pocas películas post 11S.


En otro orden, la influencia que Batman ejerce sobre la sociedad es el otro gran tema a tratar. No sólo su aparición puede haber sido el germen de El Joker, también sus actos provocan una influencia en la sociedad que se materializa en el wannabe que aparece al principio del film: un justiciero que no se diferencia demasiado a los criminales que inundan Arkham, que hace que Bruce Wayne se plantee su papel como justiciero, y cuya duda da lugar a la necesidad de encontrar un Caballero Blanco tal y como es Harvey Dent. Todo esto remite a una de las escenas clave de Begins, el momento en el que Wayne confiesa a Alfred sus planes para liberar a Gotham del mal que mató a sus padres: precisamente en ese discurso gira el desmoronamiento generalizado del héroe, derivándolo al mal menor y recurriendo a aspectos puramente marciales para sus fines. La idea de un superhéroe jamás ha estado tan entredicho en una película.

Ante todo, The Dark Knight es una película carente de toda concesión. Incluso los elementos propios del cine de acción que aligeraban ciertos pasajes de la primera parte aquí se ven relegados a un guión denso, milimétrico, que no permite ni otorga tópico alguno. Al igual que en las anteriores adaptaciones de los Nolan sobre material ajeno, Jonathan y Christopher deconstruyen el puzzle original, lo fragmentan en miles de piezas y buscan aquellas que mejor sepan captar la esencia del personaje y de su entorno: tal y como ocurrió con The Prestige, novela extremadamente difícil de adaptar por su peculiar narrativa y donde consiguieron conservar toda la esencia a base de desmontar completamente la estructura del material original. Con Batman han conseguido no ya respetar la esencia del personaje, si no potenciar a todos los niveles la herencia dejada por Miller, Loeb y demás y, de paso, añadirle nuevas vías acordes al cine del británico. Como en toda su filmografía, existe un leit motiv poderoso: si en Following fue una obsesión, en Memento una forma curiosa de amnesia, en Insomnio la falta de sueño, en Batman Begins el miedo y en The Prestige la envidia, en The Dark Knight toca un caos tan interiorizado como el resto de detonantes anteriores. Esto afecta incluso a la estructura del relato (tan sólo hay que recordar el montaje del que fue su primer éxito), consiguiendo una inmersión del espectador que, en ocasiones, puede resultar demasiado densa, incluso enfermiza. Sin embargo, con el díptico (por el momento) del Señor de la Noche se ha conseguido un perfecto equilibrio entre la pura comercialidad y el más profundo de los tratamientos cinematográficos: servidor quiere ver una comparación de forma más adulta (e igual de válida) con las dos primeras Spider-Man de Sam Raimi, donde trataba temas relevantes y perfectamente accesibles para un público joven sin sacrificar el espectáculo y el sense of wonder. Ambas sagas son capaces de llegar a cualquier share jugando a varios niveles sin menospreciar ninguno de ellos, con resultados abiertos a gustos, pero innegablemente apreciables en ambas. Espero (y confío plenamente) que la tercera película sobre Batman corra mejor suerte que la tercera de nuestro vecino arácnido.

Como aquella truncada saga de la Marvel, Nolan respeta hasta el más mínimo detalle toda la herencia del cómic que han ido dejando sus grandes autores: detalles como el ya mencionado wannabe o cuando Wayne rompe una escopeta con sus propias manos (remitiendo directamente al Dark Knight Returns de Miller), pasando por el sistema de control masivo basado en ultrasonidos y controlado desde un solo punto (el oráculo); hasta algo tan sutil e irrelevante como el hecho de ver a Batman con los ojos en blanco mientras usa el dispositivo de ultrasonidos recuerda directamente al personaje comiquero. Son pequeños detalles que no aportan a la trama más que reminiscencias a un público reducido, pero que se agradecen como muestra de respeto hacia el personaje.

Lo que ha conseguido Nolan con su saga ha sido hacer de Batman su personaje, apoderarse de su mundo como si cualquier autor del cómic se tratase, e insertarlo en un mundo propio y coherente del que no hace falta recurrir al material original para poder disfrutar plenamente de él. También se podría considerar la perfecta conjunción cine-cómic, consistiendo la fórmula en algo tan simple como obviar el hecho de que se basa en un cómic: no hay mejor manera de hacer una película que considerar que vas a hacer una película. En una época donde se consideran los medios como algo intercambiable y que pueden ser prostituidos al libre albedrío, se agradece que alguien sea consciente de que se trata de eso, de cine. Sí, se lo digo a usted, Sr.Snyder.

Y aunque dure dos horas y media, los ecos de The Dark Knight durarán mucho tiempo más. Al menos hasta el esperado y prometedor final de la saga. O hasta que alguien pueda equipararse en dedicación e inmersión en un proyecto como los Nolan. A estas alturas, lo dudo.

3 comentarios:

Pablo Maqueda dijo...

Se agradece llegar a casa de ver esa masterpiece y encontrarte cn este artículo de tamaña dedicación. Gracias.

Ya quisieran los de "Dirigido" o "Miradas.net" publicarlo.

ILUVITAR dijo...

Muy buen artículo tio, realmente acertado!!

Sobre todo, se lo comentaba a mi padre en el coche, coincido en eso del caos: que una película de "acción", de superheroes, me cree un desasosiego como el q tenía en la sala, un "ay dios... esto es el fin", gracias a ese caos q genera el Joker, me tiene alucinado.

Brutalísima, y sobre todo, muy dura y jodida, es bestial.

Alex Franco dijo...

Hola,
Enhorabuena por el blog, muy interesante tu opinión general sobre la película. Por si te interesa visitar mi blog y en particular leer mi comentario, bastante negativo, a la ideología de la película, te dejo el enlace al final del post. Mi comentario empieza así:

"Christopher Nolan, con esta película, ha tomado partido, dentro y fuera de la industria. Ha quedado claro de qué lado está, como cineasta y como ciudadano. Como cineasta, sus dotes quedan bastante en entredicho, pues tampoco es El caballero oscuro una película que rebose talento visual o narrativo, a pesar de su aparatoso montaje. Como ciudadano de una potencia aliada de Estados Unidos en la guerra de Irak, sólo demuestra su alineamiento indudable con la mentira y la manipulación. Por tanto, como cineasta y como ciudadano estaría del mismo lado. La mentira y la manipulación son su medio y su fin (algo así como una aplicación estética de la espléndida secuencia inicial del atraco). Un astuto tahúr que sabe barajar con mediana habilidad, pero indudable eficacia, gracias a que sus cartas están todas marcadas. Mientras Nolan finge, por conveniencia, alinearse con Batman, no deja de explotar hasta la extenuación los recursos del Joker."

Mi comentario continúa en:
http://el-ojo-intachable.blogspot.com/2008_08_10_archive.html

Saludos.

Álex Franco